Autores: Gustavo Barroeta y Guillem Augé, socios de Miura Partners
Las pymes españolas afrontan hoy una convergencia de presiones sin precedentes. La irrupción de la inteligencia artificial está redefiniendo modelos de negocio enteros en plazos de meses, no de años. La sostenibilidad ha dejado de ser una opción reputacional para convertirse en una exigencia regulatoria y comercial. Y las tensiones geopolíticas -con su impacto directo en los precios de la energía, la disponibilidad de materias primas y la fiabilidad de las cadenas de suministro -añaden una capa de incertidumbre que pocas empresas están preparadas para gestionar. Todo esto ocurre en un tejido empresarial especialmente expuesto: España e Italia lideran en Europa el peso de la empresa familiar de tamaño medio, un modelo con virtudes indudables -compromiso, arraigo, visión a largo plazo- pero que, precisamente por su naturaleza, tiende a la prudencia cuando la situación exige audacia. Son empresas con oficio y potencial, muchas de ellas líderes en nichos relevantes, que generan empleo estable y exportan. Para ellas, afrontar estas fuerzas en solitario es cada vez menos sostenible.
En este contexto, las gestoras de capital privado tienen algo más que una oportunidad. Tienen una responsabilidad. No en el sentido retórico del término, sino en su acepción más concreta: la capacidad de actuar y la obligación de hacerlo bien. Los inversores institucionales -fondos de pensiones, aseguradoras, fundaciones- que confían su capital a las gestoras exigen, cada vez con más claridad, que ese dinero contribuya a algo más que al propio rendimiento financiero. Y las empresas que reciben ese capital esperan, también cada vez más, un socio que entienda el mundo en el que operan y les ayude a navegarlo. Esa doble expectativa define el nuevo estándar del capital privado.
La inversión responsable o de impacto no debería reducirse a una categoría especializada ni a un nicho temático reservado a sectores concretos: debería ser la forma natural de entender la gestión de capital privado en un momento como este. Porque el impacto más transformador no siempre está en financiar la última tecnología climática, sino en dotar a cientos de pymes industriales, de servicios o de consumo de las capacidades que necesitan para liderar el cambio.
Y eso solo es posible cuando la gestora y el empresario trabajan como socios reales. El capital privado no sustituye al fundador: lo complementa. El empresario aporta conocimiento profundo de su sector, relación directa con el cliente y una cultura de compañía forjada a lo largo de años -a menudo décadas- de dedicación. La gestora, por su parte, moviliza capital, talento, experiencia y conocimiento acumulado en decenas de procesos de transformación para abordar lo que una pyme difícilmente puede resolver sola: profesionalizar la gestión, acelerar la digitalización, atraer perfiles directivos de primer nivel, ejecutar estrategias de crecimiento inorgánico, implantar mejores prácticas operativas o abrir mercados internacionales. No se trata de imponer un modelo externo, sino de construir junto al empresario una hoja de ruta que preserve la identidad de la compañía mientras multiplica su capacidad competitiva.
Conviene, sin embargo, ser precisos sobre lo que esto implica. Hablamos de impacto real y medible, no de estrategias de comunicación ni de cumplimiento formal de indicadores. La distinción entre gestionar bien internamente -lo que se conoce como prácticas ESG- y contribuir activamente a transformar el entorno en el que opera una empresa no es semántica: es sustancial. Y el capital privado tiene la responsabilidad de ser honesto en esa distinción. Un proyecto que no es económicamente viable no escala y tiene escasa capacidad de transformación -la disciplina financiera sigue siendo la condición de posibilidad de cualquier impacto real y perdurable-. Pero un proyecto que solo persigue el retorno financiero desaprovecha algo valioso: el potencial del capital privado para alinear rentabilidad y propósito, y hacerlo a escala.
Esta es, en definitiva, la promesa del capital privado cuando se ejerce con coherencia: no simplemente acelerar el crecimiento de las empresas, sino orientarlo. Orientarlo hacia modelos más sostenibles, hacia sectores que responden a necesidades reales, hacia soluciones que perduren más allá del ciclo de inversión. La pregunta ya no es si el dinero puede hacer el bien. La pregunta es si quienes lo gestionamos estamos a la altura de ese papel.
Articulo publicado en la revista mensual Capital Privado (Nº78) de elEconomista